Cuatrocientas cajas y un lirón con hambre
Seguimiento reproductor de papamoscas (Ficedula sp.) mediante cajas nido, captura, biometría y registro de datos en el Nízký Jeseník, Chequia.
Hay trabajos que no te imaginas que podrías hacer el resto de tu vida hasta que estás dentro. Este es uno de ellos.
Era la primavera de 2022. Estaba con el equipo de ALKA Wildlife recibiendo la visita de unos investigadores noruegos, perdidos todos juntos por las montañas de Jeseníky buscando posibles localizaciones del ratón listado nórdico (Sicista betulina)—un pequeño roedor que se consideraba prácticamente extinto en República Checa y al que intentábamos rastrear antes incluso de saber cómo íbamos a hacerlo.
Fue allí donde nos acogió Peter Adamík. Peter es ornitólogo (y amigo), y lleva toda la vida monitoreando las casi 400 cajas nido del parque natural de Sovinecko, en el Nízký Jeseník checo. Nos contó que ese año tenía poco tiempo y que iba a necesitar ayuda. No dudé un segundo.
El plan de ataque
El objetivo era estudiar las poblaciones de papamoscas (Ficedula sp.) y el trabajo se dividía en dos actos:
1. La inspección: Recorrer cada caja antes de la eclosión para ver quién vivía allí. ¿Papamoscas? ¿Carboneros? ¿O quizás un trepador azul o un lirón careto?
2. El trabajo de campo puro: Volver cuando los polluelos asomaban el pico para tomar datos de cría, anillar a los pequeños y capturar a los adultos para su biometría.
Mi oficina cabía en una mochila
Leer el bosque
Los primeros días fueron de orientación literal. El bosque es denso, las localidades se parecen entre sí y las cajas no siempre están donde uno espera. La memoria espacial deja de ser un rasgo de personalidad y pasa a ser una herramienta de trabajo.
Con el tiempo, empecé a leer el bosque de otra manera: a reconocer qué árbol iba antes de cuál, a saber por la pendiente cuántas cajas quedaban y, por supuesto, a detectar por el canto de alarma de un adulto que me había visto venir desde lejos. Conocía el bosque mejor que mi casa.
La rutina de mayo era casi meditativa. Pasear por el bosque mientras miras cajas "sorpresa" es, a día de hoy, uno de los trabajos que más he disfrutado en mi carrera. La actividad en esa zona todavía era de primavera temprana, el bosque aún frío, húmedo y silencioso, y uno tenía tiempo de fijarse en todo: la huella fresca de un zorro en el lodo, la estridente voz del picamaderos negro o algún insecto de aspecto alienígena cruzándose en mi camino.
El caos
Pero en junio la primavera pulsó el botón x2. De repente, todo ocurría a la vez: huevos rompiéndose, pollos pidiendo comida y adultos que capturar. El protocolo dice que hay que anillar al adulto antes que a las crías para evitar abandonos. Suena fácil, ¿verdad?
Pero he tenido pesadillas con papamoscas que no se dejaban atrapar. Algunos, sobre todo las hembras, eran capaces de escaparse de la trampa — sí, lo digo por ti, hembra de la 135 — y entonces hay que dejarlos descansar del estrés y volver al día siguiente; pero no lo dejes mucho porque si no los pollos vuelan y ya es imposible coger a los padres.
Al final del día llegas a casa cansado de caminar con unas botas que pesan el doble por el barro y una tarea extra poco glamurosa: el escaneo de garrapatas. Revisar cada centímetro de tu piel para quitarte los polizontes que habías recogido entre los helechos.
El drama
Pero no todo son finales felices en el bosque. A veces, llegabas a anillar a los pollos que habías estado monitorizando y te encontrabas la escena del crimen: el nido lleno de restos. El culpable solía ser el adorable lirón gris (Glis glis).
Es un animal fascinante: esponjoso, de ojos negros enormes y redondos... y un depredador de nidos letal. Parte del trabajo era registrar esos eventos y aceptarlos como parte del sistema — aunque no fuera especialmente agradable que en mi última visita a una caja aparecieran todos los pollos descerebrados.
El final
Lo que me llevé de esas semanas fue mucho más que un Excel lleno de datos. Aprendí a anillar, a leer fichas de cría con rapidez, y a priorizar cuando el tiempo escasea. Pero sobre todo aprendí que no hay reglas en el bosque y que a los papamoscas no les importan tus protocolos, ni la prisa que tengas por anillarlos, siempre hay algo que escapa de tu control.
Hay trabajos que te cambian sin hacer mucho ruido. Este fue uno de ellos.