Pasaporte de los ríos
Durante dos años formé parte del equipo que recorrió casi 24.000 km de ríos y arroyos en República Checa, cartografiando el estado de los cauces para la Agencia de Conservación de la Naturaleza. Mi territorio fue Vysočina: una región de colinas, bosques y ríos con más personalidad de la que aparenta en el mapa. La mayor parte del tiempo estaba en campo —a pie, app en mano, cuaderno y botas— recorriendo arroyos con Luboš y Maru y registrando todo lo que encontrábamos: la naturaleza del cauce, los obstáculos artificiales, los desagües, lo que crecía en las orillas. Al volver a casa tocaba cerrar el día escribiendo los informes de cada río, y entre medias usaba GIS para calcular los kilómetros que quedaban pendientes y organizarme la semana. Una vez por semana me pasaba por la oficina a hacer un resumen del avance del proyecto — y de paso ayudaba en otras tareas: poner barreras para anfibios en carreteras, visitar nidos de pigargos, o ir a comprobar los estanques donde había tritones. El tipo de días en los que te preguntas si esto es trabajo de verdad.
El resultado colectivo fue una base de datos con más de 54.000 obstáculos artificiales que impiden la migración de peces, 15.000 desagües potencialmente contaminantes y 1.400 represas de castor. Datos importantes, sí. Pero yo me quedo también con otras cosas: el "¡plash!" de un castor a plena luz del día en un recodo tan remoto que se había olvidado de tener miedo a las personas, o el momento en que me caí a un río congelado a -10°C porque estaba tan concentrada siguiendo las huellas de una nutria que no presté atención a dónde pisaba.